Con mi life break en pleno apogeo todo el vacío que iba quedando de mis anteriores amigas fue llenado y rebasado por O' y Daniella. Los grandes proyectos vitales de ruptura son siempre grandes empresas llevadas a cabo por una persona que está hasta los cojones que necesita ir llenando los huecos que va dejando vacíos. No es fácil cambiar de vida. Nunca.
Por ello debes armarte de valor y sobretodo no mirar nunca atrás. Las cosas que cambias se reordenan solas. Todo encuentra un nuevo lugar de una forma imprevisible y las prioridades cambian y se reordenan. En pleno proceso de autodestrucción recibí una llamada, era otoño de 2005, meses después de mi vuelta de Dublín y el segundo curso de universidad había empezado hace pocas semanas. Mis horarios me permitían darme un lujo o dos así que cuando al otro lado del teléfono se me convocó para personarme en un bar junto con Olga y Daniella no dudé. Era míercoles y las cervezas se prolongaron durante la tarde de aquel día, dando paso a los vodka-sprite en la madrugada del jueves.
Esto se repitió durante los miércoles sucesivos durante muchos meses hasta que llegamos a ser grandes amigas. No echaba para nada de menos mi anterior vida. Ya estaba de nuevo puesta en vereda, los meses íban pasando, los cascos de las botellas se iban acumulando y los jóvenes que nos íbamos cepillando también pasaban sin pena ni gloria, en mi recién descubierta sexualidad. Me lo pasé francamente bien, la universidad nunca fue un tema de excesiva preocupación para mí y me limitaba a salir de una fiesta para entrar a otra. A estos tiempos me refiero cuando digo la frase del “Con lo que hemos sido...” Es esta etapa una de las que recuerdo con más cariño, la etapa en la que la juventud se vive con todas sus plenitud. Sin consecuencias, sin resacas y sin importar nada más de lo que verdaderamente importa.




